A tiros con las cotorras

 A tiros con las cotorras

No se duda de que las cotorras argentinas sean criaturas de dios, pero tampoco de que parecen serlo del diablo.

Desde que llegaron a España a finales de los 60 del pasado siglo, no hay especie autóctona de AVE que no haya salido pitando de su hábitat natural a causa de su intrusión, por no poder soportar su parloteo, griterío más bien, constante.

 

Los pinzones, las abubillas, los gorriones, los mirlos, los jilgueros, los herrerillos o los carboneros, por nombrar sólo a unos pocos de nuestro maravilloso averío, también son de dios, y, al contrario que las cotorras esas, lo parecen. Sin embargo, no son los pájaros españoles o españolizados armoniosamente desde antiguo los que se han juramentado contra las cotorras argentinas, sino las personas, particularmente las que viven en la Costa del Sol, que se resisten a ser también expulsadas de su hábitat natural (cada vez menos natural) por ellas.

Las cotorras argentinas son insoportables, pero una cosa son las ganas de pegarles un tiro, y otra, muy distinta, pegárselo, que es lo que el consistorio de Fuengirola contempla en su desesperación. Es cierto que cuanto se ha intentado durante años para reducir su número (son unas 200.000), las jaulas-trampa y esas cosas, ha fracasado, pero de ahí a que se autorice el uso de carabinas para freirlas a tiros, como figura en el pliego de condiciones que externaliza la gestión de semejante combate, media un abismo. No parece ser la mejor solución, aun prescindiendo del sagrado respeto que merece la vida de cualquier animal, la de añadir al horrísono parloteo de las cotorras, el ruido de las detonaciones de las escopetas.

Será por egoísmo o por dureza de corazón, pero la indignación que produce la persecución del lobo, que desde hoy puede volver a cazarse al norte del Duero, o del jabalí, contra el que se usan incluso ballesteros, no es la misma que suscita la de las cotorras argentinas, que, en colonias de más de cien individuos parlantes asentadas en nidos de tamaño monstruoso, horrorizan a los pajarillos y a las personas. En las selvas de las que provienen no debe chocar su vocerío permanente, pero en la bóveda vegetal de las calles o en los jardines no sólo chocan, sino que quitan a pájaros y a humanos las ganas de vivir. A tiros, no, en ningún caso, pero algo habrá que discurrir contra esas cotorras que serán de dios, pero que ni remotamente lo parecen.

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