Marina naufraga en el mar del Levante, pero triunfa en el amor

El estreno de “Marina” el 9 de octubre en el Teatro de la Zarzuela marcó el comienzo de una nueva temporada con una obra profundamente arraigada en la historia de este escenario. La presencia del ministro de Cultura, Ernest Urtasun, subrayó la importancia de esta producción para el panorama cultural. No es un título cualquiera: se trata de una pieza emblemática que ha acompañado al Teatro de La Zarzuela a lo largo de sus 160 años de existencia.
Originalmente concebida como una zarzuela en dos actos con libreto de Francisco Camprodón, se presentó por primera vez el 21 de septiembre de 1855 en el Teatro del Circo de Madrid. Posteriormente, a instancias del famoso tenor Enrico Tamberlick, Arrieta revisó la obra y la convirtió en una Ópera de tres actos, adoptando un enfoque cercano al estilo de Donizetti. Para esta versión, el libreto original de Camprodón fue revisado y adaptado por Miguel Ramos Carrión, incorporando tres nuevos dúos y un rondó final. Esta versión operística se estrenó el 16 de marzo de 1871 en el Teatro Real de Madrid. La interpretación actual se ha beneficiado del trabajo de investigación y edición realizado por María Encina Cortizo, restituyendo la ópera en su integridad, tal y como se estrenó en 1871. Por ejemplo, en el segundo acto se introduce un dúo entre Marina y Roque, junto con una sardana original. Más adelante, Roque interpreta una canción acompañada de palmas y golpes sobre la mesa de la taberna, con un toque ligeramente aflamencado.
La obra narra la historia de amor entre Marina, una joven huérfana criada por un pescador, y Jorge, su amigo de la infancia. Ambientada en un pueblo costero Mediterráneo, la ópera explora los sentimientos no confesados de ambos protagonistas. La situación se complica cuando Jorge, incapaz de confesar su amor, pide a su amigo Roque que le ayude a encontrar un esposo para Marina, lo que provoca la entrada en escena de Pascual, el propietario del astillero interesado en casarse con ella. Este enredo de malentendidos y sentimientos ocultos se resuelve cuando finalmente Jorge se arma de valor para declararle su amor a Marina, logrando el final feliz.
Calidad vocal sin momentos memorables
La dirección musical de José Miguel Pérez-Sierra mostró un enfoque respetuoso y detallado hacia la partitura de Arrieta. La orquesta del Teatro de la Zarzuela, bajo su batuta, ofreció una interpretación precisa y con momentos de lirismo, en especial en los pasajes del coro que destacan por su belleza melódica. Sin embargo, hubo ocasiones en que la música no alcanzó el nivel de dramatismo que requiere “Marina” y su volumen resultó excesivo en varios momentos de la función. En lugar de acompañar a los cantantes y realzar sus interpretaciones, la orquesta pareció imponerse en algunos momentos claves.
En el plano vocal, el reparto principal contó con nombres destacados de la lírica, aunque los resultados fueron desiguales. Sabina Puértolas, en el papel de Marina, tuvo un comienzo dubitativo en el primer acto, sobre todo en la barcarola “Brilla el mar engalanado”. La soprano no consiguió estabilizar su voz en los agudos iniciales, con un vibrato que, en momentos, evidenciaba cierta inseguridad. Sin embargo, conforme la función avanzó, recuperó fuerza y control, entregando un segundo acto notablemente mejor, en el que la calidez de su timbre y su destreza en los pasajes líricos lograron conmover al público. A pesar de estos altibajos, la soprano terminó por ganarse los aplausos gracias a su capacidad para remontar.
Ismael Jordi, en el papel de Jorge, ofreció una interpretación pulcra, con una voz de timbre atractivo y una técnica vocal consistente. Su canto, siempre bien afinado, adoleció de una falta de fuerza en los momentos en que el personaje requería una mayor entrega emocional, como en el conocido aria, “Costa la de Levante” (¡de qué manera tan mágica la cantaba Alfredo Kraus!). Esta limitación hizo que algunos de los pasajes más dramáticos no alcanzaran la intensidad esperada, lo que restó impacto a su actuación. Aun así, su química con Puértolas en los dúos consiguió sacar a flote momentos de sincera emotividad y la ovación final fue más que merecida.
El barítono Juan Jesús Rodríguez destacó con creces en su interpretación de Pascual. Su voz, poderosa y matizada, llenó el teatro con una expresividad que hizo justicia al personaje. Rodríguez demostró un dominio total del papel, con una presencia escénica imponente y una dicción clara, consiguiendo arrancar varias ovaciones del público. Sin duda, fue el más destacado de la noche, aportando ese toque de autenticidad y energía que a veces pareció ausente en el resto de la producción.
El bajo Rubén Amoretti, en el rol de Roque, también brilló con una voz bien proyectada, aportando toques de humor y calidez al personaje sin caer en la caricatura. Su actuación complementó con acierto las interpretaciones de sus compañeros, especialmente en los pasajes más ligeros y cómicos, aportando un equilibrio necesario en una obra que combina el drama romántico con el costumbrismo.
Cumple, pero no deslumbra
La puesta en escena de Bárbara Lluch es una propuesta aceptable, aunque no logra innovar ni sorprender. La dirección escénica se limita a recrear los aspectos más conocidos de la obra, sin un enfoque que le otorgue un carácter distintivo. La escenografía de Daniel Bianco, aunque estéticamente cuidada, peca de excesiva pulcritud y falta de autenticidad. Los elementos que evocan un pueblo pesquero no consiguen transmitir la realidad de un entorno mediterráneo rústico y vibrante; más bien, el escenario se asemeja a una postal pintoresca que, si bien agradable a la vista, carece del realismo que la historia exige.
El vestuario diseñado por Clara Peluffo Valentini resulta inadecuado para la ambientación de la obra. En lugar de reflejar la vestimenta sencilla y funcional de un pueblo de pescadores, los trajes parecen sacados de un desfile de moda del siglo XIX en una ciudad como Venecia, con vestidos de época y sombreros elegantes que se alejan del contexto costero. Este enfoque estético rompe con la coherencia de la ambientación, generando una distancia entre el espectador y la trama. En cambio, la iluminación de Albert Faura es muy acertada: los cambios de luz acompañan las transiciones de escena consiguiendo destacar los pasajes más intensos o íntimos, lo cual contribuye a potenciar el desarrollo dramático de la obra.
La representación de “Marina” en este nuevo montaje en el Teatro de la Zarzuela no logró entusiasmar por completo, aunque sí cumplió con las expectativas mínimas de una obra de su calibre. El estreno marcó un inicio de temporada correcto, pero al mismo tiempo dejó una sensación de expectativas cumplidas a medias, como si la obra navegara en aguas tranquilas sin alcanzar la tormenta emocional que el público espera.
Aunque el elenco demostró calidad vocal y la orquesta interpretó la partitura con fidelidad, faltó esa chispa que transforma una función en un acontecimiento memorable. La propuesta escénica se quedó en un terreno seguro, sin arriesgar ni sorprender, como si se temiera llevar la obra a nuevos horizontes. “Marina” –aunque el contenido sea algo monótono– es más que un título tradicional del repertorio “zarzuelístico”; es una pieza que exige fuerza y vitalidad para conectar con la esencia popular y lírica que le ha dado vida durante más de un siglo y medio. En este montaje, esa esencia estuvo presente, pero no se desplegó con la intensidad necesaria para conquistar por completo. Queda la esperanza de que futuras funciones encuentren el rumbo que lleve a “Marina” a recuperar el brillo que merece en el escenario que tantas veces ha sido su hogar.