“Maria Stuarda” en el Teatro Real: el duelo de dos coronas bajo la sombra de la tragedia

El Teatro Real de Madrid, en su constante afán por desenterrar tesoros inéditos, se adentra por primera vez en los recovecos de la intriga política y emocional de “Maria Stuarda”, la obra de Gaetano Donizetti que es parte de su célebre “Trilogía Tudor” (junto con “Anna Bolena” y “Roberto Devereux”). Inspirada en la tragedia homónima de Friedrich von Schiller, esta Ópera plantea un duelo feroz entre dos reinas y dos almas condenadas a enfrentarse en los tableros de la política, la religión y la pasión personal.
Es una lucha titánica que el compositor bergamasco cincela con maestría musical, embriagando al oyente desde el primer redoble de timbales hasta los últimos compases que escoltan a María hacia la eternidad. La producción, dirigida escénicamente por David McVicar y musicalmente por José Miguel Pérez-Sierra, eleva esta historia de ambición, amor y martirio a un nivel de catarsis casi mística.
Dos reinas, dos destinos
El libreto de Giuseppe Bardari, basado en la obra de Schiller, adapta con notable libertad los acontecimientos históricos. Aunque María Estuardo e Isabel I nunca llegaron a este enfrentamiento en la realidad, el encuentro ficticio que plantea el dramaturgo alemán —y que Donizetti musicaliza con escalofriante intensidad— se convierte en el corazón palpitante de la ópera. Es una escena de confrontación feroz, donde las palabras hieren como dagas y las pasiones desbordadas envenenan el aire. La célebre acusación de María a Isabel, “Figlia impura di Bolena” (“Hija impura de Bolena”), es un clímax de insulto y desafío que culmina en la condena irrevocable de la escocesa.
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El drama, sin embargo, no se detiene en la mera pugna por el poder. La obra es una meditación sobre la soledad del liderazgo y la fragilidad de la condición humana. Isabel, encorsetada en su rígida realeza, lucha contra la sospecha, el deseo y el miedo. María, desde su celda en Fotheringhay, exhibe un temple digno de los mártires mientras se enfrenta a su inexorable destino. La música de Donizetti, rica en contrastes y cargada de tensión, alterna entre la majestuosidad de la corte y la intimidad de los momentos más desgarradores.
La puesta en escena: una lúgubre partitura visual
David McVicar –en su línea– opta por una dirección sobria, donde la oscuridad predomina como leitmotiv visual. El vestuario de Brigitte Reiffenstuel apuesta por una paleta monocromática: negros, grises y blancos dominan el paisaje y la vestimenta, mientras el rojo, reservado para las reinas, se convierte en símbolo de poder, sacrificio y muerte. Isabel, envuelta en voluminosas faldas escarlatas, casi como la Reina Roja de “Alicia en el País de las Maravillas” se asemeja a una marioneta atrapada en un trono de hierro; María, en su sencilla vestidura negra, parece una sombra que cobra vida.
El minimalismo de McVicar encuentra su momento álgido en la escena final: en la casi penumbra, María asciende al patíbulo. En un gesto de suprema teatralidad, sus damas de honor la despojan de sus ropajes oscuros para vestirla de rojo, el color de los mártires. Es un clímax de devastadora sencillez que transforma la tragedia en un ritual casi sagrado.
La dirección musical de José Miguel Pérez-Sierra resalta el dramatismo inherente a la partitura de Donizetti. Desde el redoble inicial hasta los estremecedores acordes finales, la Orquesta del Teatro Real brilla con una interpretación vibrante y detallada. Pérez-Sierra equilibra la intensidad orquestal con el lirismo necesario para realzar las voces, en especial en momentos emblemáticos como el enfrentamiento entre María e Isabel y la escena final de María, al menos lo que pudo escucharse en la función del 20 de diciembre.
Una batalla de titanes
El papel de María Estuardo, una de las cimas del repertorio belcantista, encontró en la soprano estadounidense (y cubana), Lisette Oropesa una intérprete de gran virtuosismo. Desde su aria inicial, “O nube che lieve per l’aria”, hasta su desgarrador adiós en “Ah! Se un giorno”, Oropesa ofreció una lección de control técnico y profundidad emocional y demostró ser una intérprete de primer nivel. Aunque debutante en este exigente rol, no desaprovechó la oportunidad de desplegar todo su talento. Desde su primera aparición, destacó por la pureza cristalina de su voz, su capacidad para afrontar los agudos con una naturalidad pasmosa y su destreza en los momentos de mayor interacción dramática, como los dúos y conjuntos. Su María es una figura cargada de complejidad: debilitada por años de encarcelamiento, pero manteniendo el temple y la dignidad de una reina, temerosa ante la sombra del Cadalso, pero sin sucumbir a la desesperación. La soprano estadounidense supo encarnar estas dualidades con notable precisión. Especialmente en su confrontación con Isabel su interpretación alcanzó su zenit, con un fraseo cargado de matices y una intensidad casi palpable.
La mezzosoprano rusa Aigul Akhmetshina –de solo 28 años–, como Isabel I, fue la revelación de la noche. Su “Ah! Quando all'ara scorgemi” exhibió la calidez de su timbre y su capacidad para abordar las ornamentaciones con naturalidad. Akhmetshina dotó a Isabel de una humanidad compleja: su voz, de terciopelo oscuro, transmitió tanto la dureza de la soberana como la vulnerabilidad de la mujer atrapada en sus propias contradicciones. Brilló como un formidable contrapunto a la María de Oropesa, con una voz de mezzosoprano que aportó una profundidad vibrante y un peso dramático a su interpretación. Fue ella quien sostuvo la mayor carga emocional en las tensas interacciones entre ambas reinas, encarnando con gran precisión la complejidad de su relación, marcada por el recelo, la rivalidad y un incesante juego de poder. La caracterización de Akhmetshina destacó por su refinada calidad vocal y una poderosa energía interna, que hicieron de su Isabel una figura de autoridad y fragilidad contenida.
El jerezano tenor Ismael Jordi, como Roberto, conde de Leicester, completó el triángulo con una actuación sólida, aunque en ocasiones menos impactante. Tuvo un comienzo algo titubeante, pero su actuación ganó en fuerza y expresividad a lo largo de la noche, alcanzando momentos de gran lirismo en sus dúos con María. Aunque su voz carece de la resonancia ideal, Jordi compensó con elegancia en el fraseo y una conexión genuina con el drama.
Donizetti, en esta obra, crea una tragedia operística que transciende el tiempo, tejiendo un tapiz sonoro donde cada nota vibra con trascendencia. Nos sumerge en una realidad amarga y desgarradora, en la que las pasiones humanas se enfrentan al frío de la historia y la fatalidad. En estos días de reflexión y generosidad, la ópera nos invita a adentrarnos en la complejidad de las emociones humanas, recordándonos que, en medio de la lucha y el sacrificio, también hay belleza, redención y una gloria sublime que trasciende cualquier oscuridad.