“Todos los libros que hay en mí”, voces de tinta entre los muros de El Escorial
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Javier Barraca Mairal (Zaragoza, 1964), doctor en Derecho y Filosofía, publica “Todos los libros que hay en mí” (Editorial Ygriega, 2024), una obra con un significado mucho más hondo que una simple novela histórica. Se trata de un relato que transita entre los recovecos del pasado, entre la narración de aventuras y la reflexión filosófica, entre la historia de un tiempo y la historia de un espacio: el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
La novela tiene como eje central la figura de Felipe II, pero no es una obra convencional sobre su reinado. Más bien, es una exploración sobre el conocimiento y la influencia que los libros ejercen en las mentes de los poderosos y, por extensión, en la vida de incontables personas. La historia se cuenta desde la perspectiva de dos protagonistas diferentes. Tanto en la primera parte, como en la segunda, los ojos del narrador transitan por caminos distintos dentro de un mismo laberinto. Lo que queda claro es que los libros no son simples objetos, sino herramientas que moldean decisiones, guían imperios y transforman sociedades.
Desde esta premisa, Barraca nos invita a recorrer las galerías del pensamiento y de la historia. La construcción de El Escorial no es solo una proeza arquitectónica, sino también una metáfora del poder del conocimiento, un espacio en el que se cruzan la religión, la política, la ciencia y la filosofía. Con una narración cuidada y envolvente, el autor nos transporta a este emblemático lugar, donde las piedras guardan secretos y los libros son testigos del devenir de la humanidad.
La novela lo tiene todo: acción, aventuras en tierras lejanas, amor y reflexión. Baraca combina la erudición con el entretenimiento, logrando un equilibrio que convierte la lectura en un placer. No se trata de un ensayo disfrazado de novela ni de una historia que se pierde en detalles académicos; “Todos los libros que hay en mí” es, ante todo, una historia bien lograda, con personajes que cobran vida y dilemas que resuenan más allá de su contexto histórico.
Uno de los aspectos más interesantes de la obra es la manera en que el propio autor se introduce en el relato. Barraca no solo construye la historia, sino que también nos muestra su proceso de escritura, su relación con la narrativa y su intención de convertir el libro en una verdadera novela histórica. Esta metanarrativa, según la cual el escritor se convierte, de alguna manera, en personaje, añade una capa de profundidad a la lectura y nos recuerda que la literatura es, en el fondo, un diálogo entre autores, personajes y lectores.
La humildad de Barraca es otra de las sorpresas de la novela. En un tiempo en el que la literatura parece obsesionada con la grandilocuencia o con el artificio, el autor apuesta por una sencillez que, paradójicamente, resulta transgresora. Su objetivo no es demostrar erudición, sino compartir una pasión: la belleza de los libros y del pensamiento. Como bien se menciona hacia el final del libro: “Quien no procura lo que anhela, jamás deja de reprochárselo”. Es una frase que no solo define la trama, sino que también refleja el espíritu del autor: alguien que se aventura más allá de su zona de confort para vivir entre palabras y literatura.
En definitiva, “Todos los libros que hay en mí” es una obra que merece ser leída y disfrutada. No importa si alcanza o no la etiqueta de “novela histórica”; lo relevante es que nos ofrece una historia bien contada, rica en matices y con la capacidad de transportarnos a un tiempo y un espacio donde los libros no solo se guardan, sino que también dan forma al mundo. Javier Barraca nos recuerda, con talento y sensibilidad, que los libros conforman las mentes, y las mentes conforman la historia. Y, sin olvidarnos del amor, que lo sustenta todo.
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